Ni siquiera supieron cómo pasó,
solo eran amigos, buenos amigos, ambos estaban enamorados de sus parejas. ¿Como
habían llegado a esta situación? No lo sabían, pero ahí estaban.
Una mirada,
una sonrisa y una caricia bastaron para que ambos unieran sus labios y
descubrieran que, por mucho que intentasen negarlo, aquel beso les gustó.
Autolycus se sintió fatal, él amaba a su lunita, pero ahí estaba, deseando
volver a besar sus labios y sentirla pegada a su pecho.
Por otra parte estaba Afrodita,
prometiéndole a Horcus que no le engañaría, que solo le quería a él y ahí
estaba, faltando a su promesa. De nuevo. Ambos se separaron alarmados,
mirándose con los ojos bien abiertos y los labios ligeramente curvados en una
pequeña “o”. Ninguno sabía de qué decir o hacer.
- Creo… Creo que debo irme-
Afrodita se despidió y desapareció sin darle tiempo al otro de decir tan
siquiera nada.
Pasaron días sin verse, cada uno
recapacitando, pensando que hacer. Por un lado estaba Autolycus, él, que tanto
temía que Selene le engañase con Poseidón y, al final, terminó siendo él quien
le engañó. “Solo fue un beso” se repetía una y otra vez, pero, al segundo
siguiente de que pensara eso otra vocecita le decía “pero quieres repetir ese
beso”.
Afrodita más que confusa se
sentía horrible, Horcus le había dado todo, y ella terminó sucumbiendo a su
naturaleza con el ladrón. Un beso sí, pero un gran beso que le hizo sentir
nauseas de la emoción y un calor abrasador por todo su cuerpo.
Y ahí estaban ambos, debatiendo, cavilando,
ignorando a sus parejas porque cada vez que las besaban o tocaban pensaban en
el otro. Un día, Autolycus sin aguantar más fue hasta el templo de la diosa,
haciendo una ofrenda y esperando que apareciese, sin éxito, pero él, cabezón,
esperó. Algún día tendría que aparecer, ¿no? Pues hasta ese día él esperaría
allí, sentando.
Pasaron horas y la diosa no daba
señales de vida, mientras que él se iba crispando a cada segundo que pasaba, no
era tonto, sabía que estaba allí pero no bajaba. “Cobarde” decía su mente.
Cansado y harto se levantó alzando la vista al techo del templo.
- ¡Se que podéis verme, Afrodita!
¡Bajad aquí ahora mismo, no seas cobarde!- rugió sintiéndose algo mejor al
sacar parte de la rabia que sentía dentro.
Como por arte de magia Afrodita
apareció en el templo, algo sería, poco usual en ella, mientras le observaba.
- ¿¡Estás loco!?- bufó
acercándose prudentemente a él- ¡Alguien podría haberte escuchado!
- Me ha escuchado la persona que
yo deseaba ver- comenta tranquilo, como si no le importase nada que alguien
más, aparte de ella, pudiese haber oído aquello.
- Ya…- se cruzó de brazos mirando
a otra dirección.
- Debemos hablar… ¿No creéis…?-
susurra ya más calmado al tenerla allí, intentó acercarse pero la otra dio un
paso atrás- ¿Qué os ocurre?
- Sabes muy bien que me ocurre-
le mira a los ojos aún con los brazos cruzados, no estaba enfadada pero aún así
tenía el entrecejo levemente fruncido y la mirada sería.
- ¿Y por eso debéis huir de mi? No
os haré nada- le asegura insistiendo de nuevo con un paso más.
- Será mejor no vernos nunca más-
corta, así, todo tipo de acercamiento por parte del otro.
- ¿Porque?- le miraba
asombrosamente tranquilo- ¿Porque nos besamos? ¿O porqué teme reconocer que
aquel beso le gustó más de lo que debería?- le insta a que conteste.
- No voy a negar que el beso me
gusto, pero ya está. Solo fue un beso y un error que no volverá a ocurrir-Tú
estás locamente enamorado de Selene y yo de Horcus- sentencia firme, pero el
otro insistía una y otra vez en andar hacia ella- Estate quieto.
-¿Acaso os perturba mi cercanía?-
susurra, el ladrón había aprovechado la charla de la otra para acercarse más a
ella, casi con sus cuerpo pegados pudiendo oler su perfume. Aspiró el aroma y
este enturbió sus sentidos- Porqué a mí la vuestra me perturba mucho. Deseando
besaros de nuevo.
Afrodita alzó el rostro para
protestar por su descaro, pero este fue ahogado por los labios del otro que se
posaron en los de ella. De nuevo sintió aquella corriente eléctrica en el
cuerpo y, aunque intentó resistirse, acabó sucumbiendo a sus labios.
Y allí estaban, meses después de
aquello se veían furtivamente, él era el ladrón de ella y ella, la diosa de él.
Ambos se amaban en silencio, siempre que podían, esquivando las miradas furtivas,
a sus respectivas parejas y, por así decirlo, al mundo entero. Porqué él
terminó eligiéndola a ella por encima de su querida lunita, y ella, terminó
eligiéndolo a él.
No hay comentarios:
Publicar un comentario