martes, 28 de enero de 2014

Peleas

[Relato donde me piden pelea de Adonis y Horcus tal que así https://www.youtube.com/watch?v=tU7fl7fU3lM]

Decir que el ambiente era tenso se quedaba corto, muy corto a decir verdad. Miradas confrontadas, solo se observaban, en silencio, con el ceño fruncido, parecía que en cualquier momento saltarían a la yugular del otro.


-Aléjate- siseó Horcus apretando los puños por no lanzarse contra el otro.
-Jamás, yo estaba antes que tu- Adonis, aunque parecía tranquilo también estaba tenso, preparado para defenderse y atacar si era necesario.
-Ella es MÍA- recalcó aquella última palabra esperando que así las discusión terminara y se fuera de la vida de ella.
-También fue mía en su momento Horcus, y no pienso renunciar a ella aún tenga que aferrarme con los dientes.
-Eso se soluciona rápido- con un gruñido animal se acercó, con paso decidido y le dio tal derechazo que tiró a Adonis al suelo.

El otro molesto, se limpió la sangre del labio y fue directo a él, dispuesto a devolverle el golpe y pelear si era necesario. Puños y patadas empezaron a verse en una pelea dónde ambos parecían leones que querían matar al rival. La pelea fue tal que enseguida notaron y Hímero junto a Eros pararon a ambos mientras Afrodita chichaba que pararan.

-¿Se puede saber que está pasando aquí?- cada uno en un extremo siendo agarrado por los dos hijos mayores de la diosa la veían.
-Nada chère, solo no llegábamos de acuerdo con un asunto- mató con la mirada a Adonis diciéndole con esta “si dices algo la muerte será lo que desees que te de
-Así es, mi rubia favorita- le sonrió Adonis para que se relajara.
-Pues debatirlo, no peleéis- inocente como ella sola no se dio cuenta de la verdad, y sus hijos, que sí, rodaron los ojos.


Hímero y Eros soltaron a ambos y estos se pusieron rectos y orgullosos limpiándose la sangre por los golpes. Afrodita suspiró mientras negaba, hombres, ¿Quién los entendía? Y sus hijos suspiraron por su madre, ¿Cómo no podía enterarse de lo que ocurría? Horcus se acercó a ella y la besó, posesivo y apretándola a él, todo con premeditación, queriendo demostrarle a aquellos ojos que le taladraban la nuca con rabia que ella era suya y, que si fuera por él, nunca la dejaría ir.

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