[Relato donde me piden pelea de Adonis y Horcus tal que así
https://www.youtube.com/watch?v=tU7fl7fU3lM]
Decir que el ambiente era tenso se quedaba corto, muy corto
a decir verdad. Miradas confrontadas, solo se observaban, en silencio, con el
ceño fruncido, parecía que en cualquier momento saltarían a la yugular del
otro.
-Aléjate- siseó Horcus apretando los puños por no lanzarse
contra el otro.
-Jamás, yo estaba antes que tu- Adonis, aunque parecía
tranquilo también estaba tenso, preparado para defenderse y atacar si era
necesario.
-Ella es MÍA- recalcó aquella última palabra esperando que
así las discusión terminara y se fuera de la vida de ella.
-También fue mía en su momento Horcus, y no pienso renunciar
a ella aún tenga que aferrarme con los dientes.
-Eso se soluciona rápido- con un gruñido animal se acercó,
con paso decidido y le dio tal derechazo que tiró a Adonis al suelo.
El otro molesto, se limpió la sangre del labio y fue directo
a él, dispuesto a devolverle el golpe y pelear si era necesario. Puños y
patadas empezaron a verse en una pelea dónde ambos parecían leones que querían
matar al rival. La pelea fue tal que enseguida notaron y Hímero junto a Eros
pararon a ambos mientras Afrodita chichaba que pararan.
-¿Se puede saber que está pasando aquí?- cada uno en un
extremo siendo agarrado por los dos hijos mayores de la diosa la veían.
-Nada chère, solo no llegábamos de acuerdo con un asunto-
mató con la mirada a Adonis diciéndole con esta “si dices algo la muerte será
lo que desees que te de”
-Así es, mi rubia favorita- le sonrió Adonis para que se
relajara.
-Pues debatirlo, no peleéis- inocente como ella sola no se
dio cuenta de la verdad, y sus hijos, que sí, rodaron los ojos.
Hímero y Eros soltaron a ambos y estos se pusieron rectos y
orgullosos limpiándose la sangre por los golpes. Afrodita suspiró mientras
negaba, hombres, ¿Quién los entendía? Y sus hijos suspiraron por su madre,
¿Cómo no podía enterarse de lo que ocurría? Horcus se acercó a ella y la besó,
posesivo y apretándola a él, todo con premeditación, queriendo demostrarle a
aquellos ojos que le taladraban la nuca con rabia que ella era suya y, que si
fuera por él, nunca la dejaría ir.
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