[Relato donde me piden un Himafro tema libre]
Desde que Hímero tiene memoria siempre ha visto a las ninfas pelearse por peinar a su madre, y, aunque no entendía el porqué, él también deseaba peinarla, su pelo era suave y liso, olía a flores y lo mejor de todo, cuando terminaban de peinarla, aunque fuera horrible siempre sonreía de una forma especial a la que se había encargado de hacerle ese peinado.
Él quería esas sonrisas solo para él, por eso, cuando empezó a ser consciente de sus actos y poder volar se peleaba con Zafina-ya que casi siempre le peinaba ella- para peinarla, y no hablamos de peleas con cuatro gritos y ya está, no no, lo suyo era arrancar sus pelos o amenazarla con algún objeto filoso que pudiera hacerle daño, Afrodita se quedaba impresionada, pero por mucho que regañaba a Hímero este le ponía ojitos y pucheros y se le iba todo el enfado.
Y así pasaron los años y Hímero, era ya el que siempre la peinaba y Afrodita se dejaba. Aunque, cuando el pequeño ángelito se hizo todo un hombre ella se extrañó, aquellas cosas debería hacerlas con su novia/o, o con sus amantes, no con ella, así que, un día, mientras él le peinaba como de costumbre le preguntó.
-¿No te cansas de peinarme siempre el pelo?
-Nop- su sonrisa le dejó congelada, se había convertido en un hombre tan atractivo, que hasta la hacía sonrojarse-Adoro peinarte Afrodita.
-Pero esas cosas deberías hacérselas a tu novia...- susurró, encima, de un tiempo para atrás la llamaba por su nombre y pensaba que era por una etapa rebelde.
-Terminé- ella le sonrió como agradecimiento y él le dio la vuelta, se inclinó y quedó muy cerca de ella y sus labios- Por esa sonrisa quiero ser yo el que te peine todos los días Afrodita, y el que te bese, y el que te quiera... Y el que se acueste contigo.
Y se confesó, después de estarse años callados se lo dijo, y sintió que un peso se le quitaba de encima. Ella no supo que responder, ni él le dio tiempo a hacerlo porqué junto sus labios con los de ella, él deseaba estar todos los días no ella, no le incomodaba peinarla, es más, aprendió desde muy pequeño solo por ella, y nadie le arrebataría el placer de acariciar sus cabellos mientras le hacía diversos recogidos, nadie.
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